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lunes, 31 de julio de 2017

A medio siglo de Cien años de soledad

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Roban primera edición de "Cien años de soledad" de Feria del Libro de Bogotá. Foto: AFP.
Foto: AFP.

Las letras hispanas conmemoran con justicia el cincuentenario de la publicación de Cien años de soledad. El entonces joven periodista Gabriel García Márquez había escrito en aquel momento otros textos narrativos. Pero el éxito súbito, inmediato, fulgurante de Cien años… lo sorprendió tanto como a sus editores. Las reimpresiones   se sucedían a ritmo impresionante. Macondo, lugar mítico, se convirtió en referente familiar aun para aquellos que no habían leído la novela. Algunos lo asociaron a la noción del subdesarrollo. Como suele suceder con fenómenos de tan vasto alcance, varios factores intervinieron en tan sonado acontecimiento. Había aparecido un escritor de garra que estaba renovando los códigos literarios. Otros, sus pariguales en la historia literaria, tuvieron que atravesar un camino lleno de obstáculos. El contexto histórico favoreció la sorprendente acogida.
Al terminar la Segunda Guerra Mundial, el imperio extendió su poderío. Se desencadenó la Guerra Fría y se aceleró el proceso de descolonización. Tanto había sido el horror que las capas medias que conformaban una parte significativa del potencial público lector, ansiaban un mundo de paz, se distanciaban del círculo cerrado de su entorno inmediato y colocaban la mirada en otros horizontes. El mundo se había vuelto más pequeño y, sin embargo, contenía muchos territorios aún inexplorados. La literatura europea, que había marcado pautas por varios siglos, mostraba señales de cansancio. Fue la etapa del auge de los viajes submarinos y del descubrimiento de testimonios de civilizaciones perdidas. Comenzaba a renovarse el interés por América Latina.
En esas circunstancias, del lado de acá del planeta ocurrió lo inusitado. Un puñado de guerrilleros, armados con recursos propios, derribó una dictadura sostenida por un ejército profesional y respaldada por el Gobierno de Estados Unidos. En medio de los festejos del Año Nuevo, la noticia recorrió el mundo. Lo insólito se había convertido en realidad posible. El triunfo de la Revolución Cubana y el pensamiento renovador, ajeno a presiones dogmáticas que dimanó desde la Isla, fueron factor decisivo, a no dudarlo, para un cambio de época.
En ese contexto, Cien años de soledad propone una lectura metafórica de la historia de América. No hay que buscar en la novela, desde luego, un recuento documentado, atenido al orden severo de los calendarios. Aislado en un sitio inaccesible, Macondo es una síntesis poética del drama que ha atravesado Colombia, pero que también atañe a la América toda. En el comienzo, estuvo la utopía. El fundador, José Arcadio Buendía —el significado de su nombre está cargado de sentido— marchó con sus seguidores, abriendo trochas en la selva hasta el sitio donde había de asentarse la aldea. Distribuyó las viviendas de modo que todos se beneficiaran en igualdad de condiciones, de las bondades del sol y la brisa. Arribaron gitanos, portadores de una antiquísima sabiduría. José Arcadio Buendía abandonó sus deberes. Al margen  del tiempo histórico, se dejó tentar por la alquimia y por la búsqueda de la piedra filosofal. De la historia de América se percibían chispazos, señales inconexas carentes de sentido: un galeón español inexplicablemente clavado en plena tierra o un vago recuerdo de los ataques del pirata Francis Drake.
Con la interminable guerra entre liberales y conservadores, el tiempo real irrumpe en el tiempo mítico. García Márquez vivió el renacer de esa contienda cuando asistió en Bogotá al asesinato, a la luz del día y en plena calle, del dirigente Jorge Eliécer Gaitán. No se conocían en aquellos días, pero llevado por otros motivos, también estaba allí Fidel Castro. El crimen desató la insurrección en la capital de Colombia, con su saldo de muerte y destrucción. Volvieron los combates, mientras los políticos liberales negociaban espacios de poder con el gobierno. Dando un salto atrás en el tiempo, las empresas bananeras norteamericanas se habían introducido en Macondo.
A pesar del interés de estos temas, el éxito de García Márquez se debió a su capacidad de contar. Desde la oración inicial —el clásico imán— los acontecimientos se suceden sin dejar al lector un instante de respiro. Con similar rango, se intercalan lo grande y lo pequeño. La historia mayor transcurre casi siempre en el trasfondo. Su portador es el coronel Aureliano Buendía, hijo del fundador de la estirpe. Pero los hechos se reflejan en la sutil transformación de los valores que van marcando la continuidad de una familia y de un pueblo, así como el desgaste de una memoria diluida  en el polvo, en la pérdida de sentido de los objetos, sobreviviente apenas en la implacable lucidez de Úrsula, centenaria y ciega.
En su obsesión extemporánea por la alquimia y la piedra filosofal, José Arcadio Buendía procuraba alcanzar el conocimiento. Luego, sobrevino la tentación del progreso. Con el ferrocarril, entró la bananera con todas sus secuelas.
Toda obra literaria se va haciendo a partir de una tradición bien asimilada, porque nada se construye sobre la nada. Gabriel García Márquez asimiló creativamente la nuestra, desde aquella narrativa de la tierra, fuente de una poética del inmenso espacio de nuestra América, con sus pampas y sus selvas. Encontró en la Comala de Juan Rulfo otro espacio mítico. No desconoció la confrontación entre civilización y barbarie, abierta por el clásico Facundo de Sarmiento. Conoció en Carpentier la coexistencia de tiempos históricos diversos.
Con tantas fuentes nutricias y con su experiencia de vida, creció una poética singular, atravesada por los grandes temas universales del tiempo y el espacio en que vivimos, de la soledad y de la idea de la muerte que nos acompañan. En ese diálogo entre lo local y lo universal, con la pericia de un narrador dueño de las artes de la seducción, García Márquez impuso a los lectores de acá y de allá el reconocimiento de una realidad, ajena a la progresiva homogeneización del mundo.
(Tomado de Juventud Rebelde)
 

martes, 2 de mayo de 2017

América Latina 50 años: Gabo y Che

Ernesto Che Guevara Foto: Archivo AP
Ernesto Che Guevara Foto: Archivo AP.
A las justas  conmemoraciones de los 100 años de la Revolución Soviética, se suman, para América Latina, dos fechas decisivas para la identidad del continente.
Son 50 años de la primera edición de Cien años de soledad y la muerte del Che. La imagen de América Latina en el mundo cambió para siempre.
Ya teníamos tres Premios Nobel de Literatura –Gabriela Mistral, Miguel Ángel Asturias y Pablo Neruda–, pero la cultura del continente era todavía conocida sólo de manera fragmentada, individualizada, sin que la imagen que tenemos de nosotros mismos fuera difundida por el mundo.
La publicación de Cien años de soledad fue el marco definitivo, sin retorno, de la proyección de la capacidad creativa de los latinoamericanos respecto a su propio mundo.
Gabo no se imaginaba qué destino tendría el paquete que mandó desde el correo de México hacia la Editorial Sudamericana, en Buenos Aires, juntando los pocos pesos que tenían –sólo pudieron mandar la mitad del libro y, por error, siguió la segunda parte. Cuando las ediciones del libro sumaron el primer millón de ejemplares, Gabo se dio cuenta de lo que había pasado con aquel envío por correo.
Como él mismo dijo en el discurso cuando recibió el Nobel de Literatura, el mundo había reconocido la extraordinaria capacidad creativa de América Latina, faltaba reconocer nuestro derecho de, con la misma creatividad, resolver nuestros problemas con nuestras propias soluciones. El realismo mágico o como se pasó a denominar nuestra literatura, proyectó el imaginario latinoamericano en el mundo de forma irreversible, desde hace 50 años.
El Che no alcanzó a leer Cien años de soledad. Cruzando por aeropuertos de Sudamérica, en dirección a Bolivia, no alcanzó a tener acceso a la obra del Gabo. El proyecto del Che era el de coordinar, desde Bolivia, las luchas guerrilleras emergentes en la región. Su muerte proyectó definitivamente su imagen de guerrillero heróico para el continente y para el mundo. Su foto, todavía en Cuba, mirando al barco que explotó en el puerto de La Habana, es la foto más vista en el mundo.
Desde la primera edición de Cien años de soledad y de la muerte del Che, la literatura latinoamericana y su historia, han conquistado definitivamente un lugar en el mundo.
Nuestra literatura se ha consolidado como una de las más importantes de la segunda mitad del siglo XX y nuestra vida política ha previsto experiencias decisivas para la izquierda mundial.
Desde entonces, nuestra literatura ha recibido otros dos Premios Nobel –Octavio Paz y Vargas Llosa–, así como nuestra vida política se ha enriquecido con tantas otras experiencias, de que hay que conmemorar los 50 años.
El nuevo tipo latinoamericano emergió en el Chile de Allende, en la Nicaragua de los sandinistas, en los gobiernos posneoliberales de Hugo Chávez y de Maduro, de Lula y Dilma, de Néstor y Cristina, de Tabaré y ‘Pepe’ Mujica, de Evo, de Rafael Correa, así como surgió adelante en la Cuba de Fidel y de Raúl.
El continente es otro respecto a hace 50 años. Menos injusto y menos desigual donde se ha avanzado en la superación del neoliberalismo. Más integrado y solidario donde se han priorizado los procesos de integración regional.
Un balance de ese medio siglo esencial para nuestro continente, desde el punto de vista político y cultural, debe ser tema de las grandes reflexiones que los dilemas actuales imponen al pensamiento crítico del continente. Volviendo a los Cien años de soledad y al Che, pero contemporáneos de nuestro presente y con los ojos puestos en toda la primera mitad del siglo XXI, cuyos destinos se definen en los enfrentamientos que vive el continente en este mismo momento.
(Tomado de Rebelión)Publicado en Cubadebate.

domingo, 31 de julio de 2016

La enseñanza de la historia y los jóvenes





 Bostezos, dibujos en las libretas y el deseo de que el tiempo transcurra más rápido constituyen parte de la realidad durante algunas clases de Historia de Cuba y en ciertos centros es­colares del país, aunque duela ad­mitirlo.
Conozco de estudiantes que mi­ran constantemente por las persianas, unos escriben carticas y otros hasta son vencidos por el sue­ño, cuando la impartición de la asignatura se convierte en un tedio.
Algunos profesores repiten siem­pre las mismas palabras, extraídas del libro de texto o de manuales, con­feccionados hace poco o mu­cho. Y eso cansa, levanta una especie de muro entre ellos y los alumnos.
Afortunadamente, no siempre su­­cede así y existen buenos ejemplos de lo contrario. Mi mente pasa, cual rollo de cine en blanco y negro, mo­mentos en las aulas, y siento otra vez la emoción transmitida por quie­nes lograban llevarnos a combates, asambleas y más sucesos en la manigua y otros sitios.
Por las mareas de mi cuerpo circula otra vez la tristeza, después de preguntar sobre la infancia de Carlos Manuel de Céspedes…, y recibir un largo silencio como respuesta. ¿Por qué las omisiones de contenidos tan importantes como lo relacionado con las primeras edades del Padre de la Patria, incluidas sus preferencias, juegos y cómo era la familia, además de acaudalada...?
Los héroes también son seres humanos y sus gustos y hábitos terrenales los acercan más a las personas deseosas de conocerlos. To­dos los profesores debieran ser co­mo manantiales de conocimientos y tener la creatividad suficiente para lograr, o al menos intentar, que las palabras cobren vida y cautiven a quienes escuchan.
Hace poco una abuela me contó con pena que a su nieto no le supieron explicar, de forma detallada, el significado correcto de la bandera. Y eso me dolió. Según agregó, en la casa tampoco recordaban, llamaron por teléfono a varios amigos y nada, hasta que por fin encontraron unas páginas “salvadoras”.
Lo ideal es que todos nos sumerjamos en los textos sobre hechos del pasado con pasión y tengamos siem­pre deseos de aprender, pero muchos no tienen el impulso y tampoco pueden ser obligados.
Resulta esencial aprovechar ma­neras más creativas para enseñar y motivar la búsqueda de saberes. La literatura, a pesar de sus deudas con el reflejo de sucesos transcendentes de la historia nacional, puede ser una vía atractiva.
Las multimedias, dramatizados, animados y otros materiales audiovisuales de calidad sobre temas históricos también son escasos en el país, y eso es bastante lamentable en un contexto caracterizado cada vez más por la preferencia por lo digital y las imágenes en movimiento.
Es preciso aprovechar sitios históricos cercanos y las experiencias de combatientes y más personalidades de la localidad. Sería propicio incrementar las visitas a otras zonas exactas donde ocurrieron los acontecimientos y se pueden impartir algunas de las mejores clases.
Jamás olvidaré los momentos en La Demajagua, donde Céspedes en­cendió con más fuerza la llama del anhelo de libertad. Cerca de la campana emblemática, utilizada el 10 de octubre de 1868 para convocar a todos en el entonces ingenio, parece gravitar su voz y el ejemplo de aquellos hombres, decididos a empuñar las armas para acabar con el sufrimiento en Cuba.
Me emociono cada vez que re­cuerdo una de las rememoraciones del desembarco de los expedicionarios del yate Granma. El 2 de di­ciembre del 2015, como cada año, 82 jóvenes abordamos dos pequeñas embarcaciones y antes del amanecer nos tiramos al mar, por donde se estima lo hicieron quienes llegaron provenientes de México en 1956.
En el agua, el frío entraba a nuestros cuerpos, y seguimos hacia la orilla con la emoción de saber que por allí llegaron y continuaron los corajudos guiados por Fidel. Todos teníamos la luz del orgullo en nuestros ojos.
La Comandancia General del Ejército Rebelde en La Plata, intrincado paraje de la Sierra Maestra, es otro de los sitios que enamora y donde se respiran las esencias de la nación.
Allí crece una leyenda respecto al bohío de tablas, piso de madera y techo de guano, ocupado por el Co­mandante en Jefe. Cuentan trabajadores del lugar que la fuerza del hu­racán Dennis, en el año 2005, prácticamente arrasó con las demás edificaciones, sin embargo, la referida edificación sobrevivió con apenas unos rasguños. Aña­den que, con un gesto protector, la potencia del viento apartó un árbol que amenazaba con caerle encima.
Ningún libro transmitirá jamás la emoción percibida en lugares que constituyen altares de la Patria, en los cuales se pueden observar y palpar objetos reales.
La historia es una de las mayores fortalezas de Cuba, fuente de saberes y certezas, que es importante preservar como un ser vivo, para el bien de todos.
Tomado de Granma

miércoles, 13 de abril de 2016

“La Gaboteca”, mayor compendio sobre García Márquez, estará disponible mañana





La Gaboteca es el nombre del mayor compendio digital de información sobre el 

escritor colombiano Gabriel García Márquez. El portal digital estará disponible a partir de mañana y tendrá reseñas literarias, resúmenes biográficos, lugares que visitó, guía sobre sus obras, entre muchos otros datos sobre el ganador del Premio Nobel de Literatura en 1982.
Como parte de una iniciativa del Ministerio de Cultura y la Biblioteca Nacional de Colombia.


La Gaboteca, será el mayor compendio para orientar a los interesados dentro del vasto universo creado por el autor que popularizó lo real maravilloso.

“Es tan grande el océano bibliográfico surgido a partir y en torno a Gabo que cualquier lector, desde el que lo busca por placer hasta el investigador, necesita una guía para no correr el riesgo de desorientarse entre infinitos manuscritos”, explicaron a la prensa promotores de la idea.

La página Web La Gaboteca, a la que se podrá acceder a través de la dirección www.bibliotecanacional.gov.co, ofrecerá la posibilidad de hurgar dentro de tres grandes bloques de información: libros propios del escritor aracateño (Magdalena), volúmenes referidos a él y traducciones.

En la primera sección el sitio muestra todas las publicaciones del narrador, desde el primer ejemplar en el que apareció su nombre impreso hasta las múltiples reediciones de sus obras, divididas en 12 categorías: novela, cuento, periodismo, cine, memorias, poesía, teatro, prólogos discursos, ensayos, entrevistas y diálogos.

Finalmente en Vidas y Viajes el visitante hallará un resumen biográfico con las ciudades más importantes que lo acogieron y las creaciones concebidas en esos lugares (Bogotá, Barcelona, México, La Habana, París, Roma).

De todos los parajes donde estuvo esta capital fue el escenario que más lo impresionó.

“Era totalmente gris, cenicienta, la gente vestía de negro y el frío resultaba sobrecogedor para los costeños criados en tierra caliente, al igual que la terrible sensación de la altura, nunca me sentí tan extranjero”, recordó el autor de Cien años de soledad en una entrevista.

Todos los contenidos de La Gaboteca aparecen con sus respectivos comentarios, contexto en el que fueron elaborados y fragmentos de audio, algunos en la voz del propio García Márquez.

Nacido el 6 de marzo de 1927 en Aracataca, perteneciente a la región del Caribe colombiano, legó a la posteridad otras afamadas novelas como El amor en los tiempos del cólera, considerada por el propio autor la más humana de su conmovedora producción.

Fallecido en México en abril de 2014, sus restos llegarán a Colombia el mes venidero para reposar dentro de una suerte de mausoleo construido en un antiguo recinto religioso de Cartagena de Indias, lugar escogido por su familia para reverenciarlo.

Aunque menos célebres que sus narraciones, creó también una serie de cuentos entre los que sobresalen Algo muy grave va a suceder en este pueblo, Ojos de perro azul y La Santa.


“Su lenguaje era peligrosamente seductor, con su habilidad pinchó las venas de Colombia”
, afirmó su coterráneo y escritor Alfredo Molano.

(Con información de Prensa Latina,Tomado de Cubadebate)