lunes, 27 de febrero de 2017

El imperio de la vigilancia según Ramonet

La distopía de sociedad que representó 1984, la novela de George Orwell, repleta de recursos increíbles para la vigilancia, nos tiene zambullidos hoy en un mundo extraño y contradictorio. El pasado ha vuelto. Facebook ha rescatado los «dos minutos de odio» diarios, aquel ejercicio obligatorio de los ciudadanos de Oceanía en el que todos entraban en trance, descargando su ira verbal contra el que disiente del sistema orwelliano. Los flujos de información van y vienen, invisibles por el aire y quedan almacenados en cascadas de servidores. El Big Data permite a la información interpretarse a sí misma y adelantarse a nuestras intenciones. Es un indicador de cuánto saben las grandes empresas de nosotros y lo más preocupante, expone lo fácil que está siendo convertir a las cacareadas democracias en dictaduras de la información dispuestas a encerrar a cada ciudadano en una burbuja observable, parametrizada y previsible.
El imperio de la vigilancia, de Ignacio Ramonet, parece estar escrito por Winston Smith, el protagonista de 1984, tras resucitar con el campanazo de Edward Snowden, el exagente de la CIA que reveló las escandalosas violaciones y el espionaje masivo de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA), de Estados Unidos. Pero el tono de la lúcida aproximación a los «estados orwelianos» que ofrece este libro, parece estar marcado no tanto por lo que dijo Snowden el 7 de junio del 2013 –él en definitiva dio cuerpo a lo que ya sabíamos–, sino por la escasa conciencia o la indiferencia frente al ejército de la vigilancia y el control mundial, que hace su agosto en nombre de la lucha contra el terrorismo y al amparo del proceso de centralización que ha sufrido Internet en los últimos años.
Ramonet, director de Le Monde Diplomatique en español, especialista en geopolítica y estrategia internacional, consultor de la ONU, cofundador de Media Watch Global, autor de Cien horas con Fidel y de Hugo Chávez: Mi primera vida, formidable periodista por más señas, en esta ocasión explora a grandes trazos la historia del gran sistema de vigilancia basado en las nuevas tecnologías, que comenzó a fraguarse hace casi ocho décadas y que ha terminado cambiando la estructura del control, antes un poder casi exclusivo del Estado, ahora en manos públicas y privadas.
Tras la Segunda Guerra Mundial, EE.UU. y Reino Unido crearon Ukusa, la alianza de cinco países para hacer frente a los soviéticos. De ahí nació la red Echelon, el sistema mundial que intercepta comunicaciones privadas y públicas, y que no ha dejado de crecer y extenderse a todos los nuevos medios de comunicación. A la cabeza de esta red está la NSA y su núcleo, la Special Source Operations (SSO), el servicio de información más poderoso de la Tierra. Google, Apple, Facebook, Amazon, Microsoft y otras grandes compañías de Internet le suministran una ingente masa de información y, a la vez, sacan enorme provecho económico del pastel on line.
«Con la centralización de Internet, la “democracia digital”, en la que se pudo creer en los albores, se ha revelado como una impostura y un engañabobos», escribe Ramonet, quien aporta tal profusión de pruebas de lo que dice que incluso aquel lector familiarizado con estos temas quedará sobrecogido. En esa misma dirección avanzan, en la segunda parte del libro, las entrevistas con Julian Assange, fundador de Wikileaks y refugiado en la Embajada de Ecuador en Londres, y con Noam Chomsky, el académico que revolucionó la lingüística moderna y ha hecho la crítica más feroz a los medios de comunicación convertidos en empresas privadas, muchas de ellas transnacionales y siempre afiliadas a la dominación ideológica. (Una lectura, por cierto, que deberíamos reemprender los cubanos a la luz de los cambios económicos y comunicacionales que estamos viviendo).
El conocimiento y la evidencia empírica contrastada le dan la razón a Ramonet. Cuando terminé de leer el libro no pude dejar de recordar una entrevista reciente que le hicieron a Martin Hilbert, experto en redes digitales que ha dirigido un ambicioso proyecto para determinar cuánta información digital hay en las redes de este mundo. Él decía que la última vez que se actualizó el estudio reveló que había cinco Zetabyte de datos en Internet. Un ZB es un 1 con 21 ceros, que no dice mucho al lector común. Pero si se traslada ese volumen de información a libros, por ejemplo, convirtiendo las imágenes a su equivalente en letras, cinco ZB significa que se podrían hacer 4 500 montañas que lleguen hasta el sol. Solo en los dos últimos años se han creado tantos datos como los que se generaron desde la prehistoria hasta el 2014. Cada 30 meses se duplica toda la información precedente, de modo que ahora mismo existen unos diez ZB en disco duro. Es decir, 10 000 montañas de libros hacia las estrellas.
Mientras la información de casi todo lo que hacemos día tras día crece a esos niveles casi inconcebibles, el poder de computación aumenta tres veces más rápido. Se duplica en menos de un año y mejora la capacidad que tienen las máquinas de crear redes neuronales que funcionan de manera muy similar al cerebro y que organizan en cuestiones de milisegundos millones de datos dispersos.
El imperio de la vigilancia devela esa realidad y nos recuerda que «a nuestro alrededor merodea permanentemente un Big Brother». Todo es espiado en la sociedad exhibicionista de la vigilancia y el control, que se da el lujo de tener millones de «soplones voluntarios», como llama Ramonet a quienes se colocan alegremente un grillete electrónico. Este libro es una alerta precavida de lo que ha comenzado siendo el siglo XXI, una cibergeografía viciada de totalitarismo, no solo político sino mental. Facebook es supuestamente gratis, pero vale billones de dólares por la información de todos nosotros que posee y subasta. Los robots de Google leen los correos electrónicos que se envían y reciben a través de su servicio de correo, Gmail, para incluir en ellos publicidad relevante y de supuesto interés para el internauta. Hoy la huella de que una persona existe es su teléfono. Con los datos del celular, con los llamados metadatos, o sea sin escuchar cada conversación ni saber con quién se habla, sino solo con qué frecuencia y con qué duración se utiliza el móvil, se puede hacer ingeniería inversa y reproducir el 90 % de los resultados de un censo. De las diez empresas del mundo tasadas a un precio más alto, cinco son proveedoras de información. Esas pocas compañías poseen tantos datos y tal magnitud de procesamiento para identificar correlaciones, que han adquirido la capacidad de predecir lo que va a ocurrir e identificar el «pre-delito», como en la película Minority Report. Y como saben muy bien los informáticos, cuando algo se puede predecir, también se puede programar. A máquinas y a personas.
No pasó ni un año de la primera edición de El imperio de la vigilancia y nuevos hechos confirman los argumentos de Ramonet. Hemos visto cómo en Estados Unidos se ha manipulado a los electores estadounidenses sin ningún escrúpulo a través de las redes. A partir de algoritmos que han probado que con 100 likes de una persona en Facebook se puede predecir su orientación sexual, sus opiniones religiosas y políticas, su nivel de inteligencia y de felicidad; que con 250 likes, se puede adivinar el resultado de un test de personalidad mejor que como lo haría la pareja del individuo, y que con unos pocos likes adicionales, se puede saber más de una persona que ella misma, la compañía Cambridge Analytica construyó un perfil sicométrico personal para cada adulto de EE.UU., a través de bases de datos comerciales y análisis de redes sociales. Su herramienta les permitió a los expertos de la campaña de Donald Trump ajustar los mensajes exactamente a los intereses y gustos particulares de cada individuo, proporcionando así el margen clave para la victoria del republicano, que pagó cinco millones de dólares a Cambridge Analytica.
Casi todos los mensajes emitidos por Trump se basaban en datos y estaban dirigidos a bloques específicos de electores, de modo que su aparente dispersión no fue sino un cuidadoso reparto personalizado para persuadir a los votantes. El mecanismo es diabólico y un arma de fragmentación al servicio de esa dictadura informacional de la cual nos habla Ramonet, que opera sin ningún amarre jurídico, y que puede traer consecuencias devastadoras para el planeta.
Como lo fue la novela de Orwell a fines de la década del 40 del siglo pasado, este nuevo libro es un retrato de la sociedad de la vigilancia y un aviso de lo que podría ser la sociedad humana bajo un régimen semejante. Nos dice que el Gran Hermano es un poder tosco al lado de la red de organismos supranacionales no democráticos que se han ido creando e imponiendo, y demuestra de una manera eficaz, indiscutible y hasta elegante que el verdadero problema del futuro no es la tecnología, sino la política. Desde tiempos inmemoriales, la autoridad política ha estado estructurada de manera que, hacia dentro, unos pocos han gobernado a otros muchos, mientras que, hacia fuera, el sistema internacional se ha organizado de forma jerárquica con un pequeño centro de poder y una gran periferia. En los dos casos, la dominación se ha basado en la superior capacidad tecnológica ¿Por qué iban a ser las cosas diferentes ahora en el imperio de la vigilancia? básicamente se pregunta su autor.
Pero no hay que suicidarse: Ramonet llama a actuar a los ciudadanos bajo la consigna «¡Contra la vigilancia masiva, resistencia masiva!». Reivindica la lucha individual por mantener un pensamiento crítico, preservar los datos personales y encriptar los mensajes… También, reclama voluntades a favor de una Carta universal que dé garantías jurídicas a nuestros derechos en Internet y nos convoca a que asumamos riesgos, como Snowden, Assange y Bradley Manning, «tres héroes de nuestro tiempo».
Gracias, Ignacio, por este libro. Gracias a la Editorial José Martí por esta edición. Y a ustedes, mi recomendación más entusiasta: no dejen de leerlo.

*Palabras de Rosa Miriam Elizalde durante la presentación del libro El imperio de la vigilancia, de Ignacio Ramonet durante la 26 Feria Internacional del Libro de La Habana.

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