lunes, 17 de julio de 2017

La lógica del corazón

Graziella Pogolotti 
Por: Graziella Pogolotti 
15 de Julio del 2017 

Era julio de 1937. Abandonada por sus aliados naturales, las democracias occidentales, la España republicana se enfrentaba a la sublevación franquista, que contaba con el respaldo de la Alemania nazi y de la Italia fascista. Allá se entrenaba la maquinaria de guerra más moderna y eficiente. Las bombas caían sobre ciudades abiertas. Dejaban un saldo atroz de muertos y heridos entre la población civil. En esas circunstancias, prestigiosísimos intelectuales de Europa y América se reunieron en Valencia con el propósito de defender la cultura de la España asediada. Entre los latinoamericanos, aparecían figuras que muy pronto ocuparían los primeros planos en nuestras letras, como los chilenos Pablo Neruda y Vicente Huidobro, el peruano César Vallejo y el mexicano Octavio Paz. Cuba estuvo representada por Juan Marinello, Nicolás Guillén, Félix Pita Rodríguez, Alejo Carpentier y Leonardo Fernández Sánchez. El Congreso se reunió en Valencia y Madrid. Al trasladarse de una a otra ciudad, calaron en lo más profundo del dolor de España. Testigo de los acontecimientos, Alejo Carpentier publicó en Carteles una serie de reportajes de fuerte impacto en la opinión pública nacional.
«Defiéndannos, ustedes que saben escribir», les había dicho una aldeana analfabeta, toda vestida de negro, rodeada por medio centenar de niños huérfanos de Badajoz. El llamado de aquella mujer sencilla resumía, con más eficiencia que mucha retórica académica, el papel que corresponde a los intelectuales. Entrenados para la comunicación, les toca ser voceros de todos aquellos que no tienen voz para convocar a la solidaridad y señalar los peligros que amenazan a nuestra especie. Ahora, sometidos a una avalancha informativa aplastante en la que todo vale, desconfiados de las ideologías y entrampados en las que se ocultan tras la falsa objetividad, son muchos los que callan.
Más allá de tendencias políticas, los intelectuales que participaron en el congreso de Valencia representaban el pensamiento más lúcido de la época. Sabían que en España se estaba dilucidando el destino de buena parte del mundo. En efecto, la República cayó en la primavera de 1939. A los pocos meses, en el otoño de ese año, se desencadenaba la Segunda Guerra Mundial. No se hablaba entonces de globalización. Pero se vivía ya en un planeta interdependiente, marcado por las rivalidades en el dominio de los mercados.
Alejo Carpentier había contraído un compromiso con el dolor de España, encarnado en los niños huérfanos de Badajoz. Para dar voz a los silenciados, su tarea de hombre y de intelectual se expresó en la necesidad de informar a los cubanos. Lo hizo a través de Carteles, una revista de amplia circulación. No se valió de prédica moralizante. Diseñó lo que habría de denominar estrategia de corazón. Había que mostrar, en su realidad concreta, los hechos, la dimensión de una violencia que se abatía sobre los inocentes en un enfrentamiento que anulaba toda neutralidad ilusoria. La mirada se detiene en los cráteres dejados por las bombas, en las iglesias destruidas, en las fachadas de los edificios que enmascaran el agujero insondable oculto en su vientre. Sobre ese panorama de muerte, se perfilan las siluetas anónimas de un pueblo que resiste, aferrado a una cultura secular, que es razón de vida. Bajo las bombas, los niños vuelven a las escuelas, los hombres y mujeres de la retaguardia se mantienen en los talleres y oficinas, los restauradores se empeñan en rescatar lo recién destruido.
Para protegerse de las bombas, las noches de Madrid permanecen sumergidas en la oscuridad. Momentáneamente, un paseante enciende una linterna de mano. Sin embargo, el ritmo cotidiano de la vida prosigue. Los tranvías andan despaciosos para evitar accidentes. En los límites de la ciudad, se perciben las trincheras enemigas. Los pobladores no han querido evacuarse. Permanecen en sus apartamentos de fachadas derruidas donde, rota la intimidad, las mujeres cocinan a la vista de todos. En uno de ellos, las bombas han arrancado la mitad de un piano, reducido a la clave de sol. Una hermosa joven sonriente sigue tocando en el fragmento mutilado. De vuelta al apartamento que habitara otrora, ocupado ahora por milicianos, Pablo Neruda ha encontrado todas sus pertenencias en perfecto orden. Solo las obras completas del poeta Góngora fueron atravesadas por una bala.
En el periodista Alejo Carpentier está madurando el futuro narrador. Las siluetas anónimas que desfilan por los reportajes de España bajo las bombas, al margen de la dimensión de los combates que se libran en las cercanías, son semejantes a nosotros. En su existir cotidiano abruptamente interrumpido por la violencia, nos identificamos con ellos. Es un aviso sutil, no declarado de manera explícita. En la tozuda continuidad de su quehacer se manifiesta la otra cara de la epopeya, fundada en la voluntad colectiva de resistir, de defender, junto a lo propio, el proyecto de república surgido de la voluntad popular. A pesar de la vecindad del enfrentamiento armado y a pesar del espectáculo de la urbe progresivamente lacerada, no hay derrotismo, porque la cohesión de un pueblo se afianza en una moral y en una cultura.
Apegado a lo concreto, el relato de Carpentier trasciende los contextos locales y temporales. Concierne también al lector de hoy, porque los textos se articulan en el constante contrapunteo entre la vida y la muerte. La presencia de esta última se reconoce en la pavorosa destrucción material y en el saldo de vidas truncas, de cuerpos mutilados, de criaturas condenadas a la orfandad. Bondadosa, la vida prevalece por todas partes. Está en la generosa fecundidad de la naturaleza extendida desde el esplendor mediterráneo hasta la adusta meseta castellana. Subsiste en la múltiple riqueza cultural de la Península y en la fuerza de una memoria popular recuperada a través de las tonadas del Romancero de guerra. La cultura anima también la voluntad de seguir haciendo, de restaurar lo dañado, de salvaguardar los tesoros del Museo del Prado.
Más que entonces, bajo las hermosas imágenes que nos ofrecen los medios, el enfrentamiento entre muerte y vida subyace en el mundo contemporáneo. Las guerras no han cesado. Mientras tanto, la degradación del ambiente se acelera. La ideología neoliberal trasciende el plano de la economía, permea el vocabulario cotidiano y se asume acríticamente. Por eso, evocar la solidaridad de los intelectuales del mundo con la España republicana resulta aleccionador. Lo que ocurría en una parte del mundo concernía a todos. Ahora somos todavía más interdependientes. Corresponde a los intelectuales proseguir la lucha en favor de las verdades que se disimulan tras las apariencias.

TOMADO DE JUVENTUD REBELDE

lunes, 3 de julio de 2017

Soy un mambí incómodo, irredento

Luis Alberto García
1 de Julio del 2017 21:52:59 CDT
Soy un mambí incómodo. Insurrecto. Siempre irredento. Los que me quieren mucho, los que me quieren menos, los que me aborrecen y hasta los que no confían en mí, saben que acierto y yerro, siempre por convicción y no por compulsión. Es lo que hace que a diario ponga la cabeza en la almohada sin arrugas internas.
Si opino acerca de tantas cosas vitales y banales, y comparto aquellas que me mueven el piso en las escasas ocasiones en que consigo planear por Facebook, no quiero ni puedo ahora dejar de decir lo que pienso, sin presiones ni sugerencias y a mi manera, acerca de la obra protagonizada por el actual presidente estadounidense en un teatro de La Florida hace varios días:
No me gustó la locación ni el nombre de la sala ni el casting ni la figuración ni el contenido del libreto ni la dramaturgia ni las actuaciones ni la labor de los asesores históricos (imagino que los hubo) ni la escenografía ni la música. Los departamentos de vestuario y maquillaje funcionaron bien.
Se me antoja desde todo punto de vista, imposible, prestarle atención a un grupo de cubanos que asegura querer lo mejor para su gente y que pretenda hacerlo bajo una bandera y un himno que no son los de su país de origen. Está raro eso. Muy raro. No va conmigo. Hiede a anexionismo a 90 millas de distancia.
Si ese mismo grupo aplaude de manera harto entusiasta que a su gente la sigan hostigando y tratando de rendir por hambre y más miseria, automáticamente no comulgo con él. Y conmigo, una inmensa mayoría que en este archipiélago hemos pasado las verdes, las maduras y las podridas. De igual manera, me consta que hay cientos de miles de compatriotas diseminados por todo el mundo, que quieren que terminen la asfixia y el cerco a sus iguales, que dura ya varias décadas.
Que el grupo de actores y extras en aquel «motivito», además, vitoree la vuelta a la larga noche de bravuconerías y ukases imperiales de Goliat contra David, asusta y lo descalifica por completo en sus esperanzas de incidir en la vida futura de su pueblo. Los pueblos tienen memoria de elefante. Y el odio es mala hierba.
Las cosas iban. Lentas, pero iban. Obama y Raúl respetando y, sobre todo, respetándose, lo consiguieron para bien de dos naciones, de dos pueblos. Pudiera decir que hasta para bien del continente. Más aun, de la Patagonia hasta Alaska.
Ahora nos regresaron al stop motion. Al dominó trancado con los dos equipos llenos de fichas gordas. Porque si Goliat se pone guapo, por muy grande que sea, David no come miedo. Como siempre ha sido.
Hay muchas cosas buenas que me emocionan de mi tierra. Y otras muchas no me agradan del país actual que habito. Peleo, sufro y me desgasto por la vida que quisiera para mí y los míos, desde aquí. Será «la utopía de las utopías» para algunos. O un sueño estúpido. Pero es el mío. Y en ese sueño, equivocado o no, la bandera tiene una sola estrella y suena el Himno de Bayamo. Y en él caben todos los nacidos bajo las palmas reales y sus descendientes, más allá de sus posturas ideológicas o políticas siempre y cuando piensen y defiendan de corazón, con hidalguía y sentido común, lo que será mejor, de verdad, para todos los cubanos. Aquello de «con todos y para el bien de todos» no es letra muerta.
No me gustaría en absoluto que el presidente cubano intentara bailar en casa del Trump. No lo ha hecho. Y no lo hará.
De la misma manera no quiero que el Trump quiera dirigir las coreografías en la casa mía. No tiene clave.
PD: Y ahora, vengan a por mí los talibanes de todas las denominaciones. Estoy listo.
(Tomado de La Jiribilla)

La seducción y el portazo


Graziella Pogolotti 



Graziella Pogolotti
1 de Julio del 2017 
La política se apuntala en el diseño estratégico orientado al dominio o a la emancipación y en el empleo de tácticas ajustadas a las demandas de cada coyuntura. En el siglo XIX, a poco de su nacimiento, Estados Unidos disponían de un inmenso territorio virgen. Desarrollaron entonces  su etapa de colonización y conquista, en un proceso de rápida acumulación de riqueza. En ese contexto, se sembró la imagen del cowboy, el héroe depredador que utilizaba el gatillo sin miramientos. En ese período, fue escasa la participación del país en la arena internacional, aunque se configuraba ya el proyecto expansionista hacia el sur, en los territorios que habían alcanzado su independencia de España y Portugal. Para Cuba, se enunciaba la expectativa de la fruta madura.
Mientras tanto, las potencias europeas proseguían su expansión colonial en Asia y África. Con el amanecer del siglo XX, las contradicciones desembocaron en las guerras más sangrientas que hubiera conocido la humanidad hasta aquel momento. Por su extensión, se llamaron mundiales. Sin recibir rasguño en su territorio, Estados Unidos intervinieron en la primera y en la segunda guerras mundiales. Proporcionaron armas y soldados. Se sentaron a la mesa de negociaciones, como ya lo habían hecho en el conflicto de Cuba con España y establecieron las reglas del juego. En la Europa reconstruida se imbricaron los intereses de unos y otros. Comenzó entonces la Guerra Fría, cuando el llamado a la descolonización recorría gran parte del planeta. En este panorama, emergió la Revolución Cubana.
Intencionalmente, con propósitos propagandísticos, el lenguaje empleado en Miami por el presidente Donald Trump se remite a los tiempos de la Guerra Fría. Es un modo de enmascarar el origen de los conflictos entre Estados Unidos y Cuba, inscritos en proyectos de liberación nacional de larga data. El triunfo y la consolidación de la Revolución Cubana se produjeron de manera autónoma, a partir del creciente compromiso del pueblo que llevó al derrocamiento de la tiranía batistiana. No hubo entonces ayuda exterior de ningún tipo. La raíz de nuestro proyecto se encuentra en la independencia frustrada por la intervención estadounidense en los asuntos internos del país. La plataforma cubana se vincula con las realidades que han marcado el destino de América Latina y de los países históricamente sometidos al dominio colonial. De ahí que, en este debate, el respeto a la soberanía nacional resulte factor clave, fundamento irrenunciable en cualquier negociación. Las evidencias documentales demuestran que esta última nunca ha faltado, aunque sometida a los altibajos propios de las intermitencias de la política norteamericana al respecto.
Cuando concluye la campaña y el presidente electo asume su alta investidura, la nueva circunstancia impone modificaciones sustantivas en el lenguaje y en el comportamiento público. Desde ese momento, quiéralo o no, su proyección internacional se asocia a la imagen del país. Al ocupar el cargo, el presidente Obama tuvo que afrontar, así lo expresaban las encuestas de opinión, un serio descrédito en la visión del papel desempeñado por Estados Unidos, muy lesionado por las consecuencias de la intervención en Iraq y por las violaciones contra los derechos  humanos cometidas en ese contexto. Sin modificar los objetivos estratégicos, en sus iniciales recorridos por el mundo, adoptó un lenguaje que procuraba ejercer influencias mediante la seducción. Preconizó una conducta civilizada, en cumplimiento de las normas establecidas. De esa manera, en el caso específico de Cuba, se encaminaron negociaciones que condujeron al restablecimiento de las relaciones diplomáticas y reafirmaron las modificaciones tácticas con su breve visita a La Habana. Coherente con su propósito, privilegió la relación con el sector cuentapropista, al que consideró un aliado potencial.
Reflejo de un malestar creciente en la sociedad norteamericana, la elección de Donald Trump señala un retroceso hacia una etapa que se remonta a los días en que Estados Unidos asomaba como potencia emergente. Apareció otra vez la imagen del garrote mondo y lirondo. No se trata tan solo del caso cubano. La ruptura de las normas de convivencia internacional se manifiesta en el abordaje de algunos de los problemas que afectan a la humanidad en su conjunto. Uno de ellos, de singular importancia para la supervivencia de nuestra especie, se vincula con la urgencia de tomar medidas para paliar los efectos del cambio climático. Semejante a lo ocurrido respecto a Cuba, en este tema crucial, la prepotencia ha pasado a ocupar el sitio que corresponde al diálogo. Convertida en espectáculo, la política pasa de la seducción al portazo. El choque con los aliados de la Unión Europea ha sido frontal y ha conducido a la ruptura del diálogo. Similar actitud se ha manifestado respecto al Sumo Pontífice, el Papa Francisco, de indiscutible autoridad moral, atinente a los valores que representa y a su acción en favor del intercambio constructivo entre culturas y creencias religiosas. Este modo de proyectarse de Trump no concuerda con las aspiraciones profundas de la sociedad norteamericana. En un mundo plagado de tensiones e incertidumbres, una chispa puede incendiar el pajar.
Los cubanos hemos construido una cultura de resistencia. Los pronunciamientos de nuestro Gobierno y de nuestro Canciller constituyen una muestra de serenidad y se adhieren al espíritu, ampliamente compartido, de establecer formas de convivencia civilizada, dialogantes y sostenidas en el respeto mutuo, así como a la consideración de las esencias de la dignidad humana. En estas circunstancias nos toca mirarnos hacia adentro y sostener en la práctica concreta la defensa de nuestros valores. Lejos de encerrarnos en el espacio delimitado del territorio que nos corresponde, tenemos que seguir trabajando de conjunto para llevar adelante la tarea mayor. Del trabajo de todos y cada uno, de la lucha por obtener mejores resultados en el orden  cualitativo y de la intransigencia con lo mal hecho, depende paliar las dificultades que afrontamos. En esta tarea común, a cada cual le toca un pedacito, porque de la conjunción de la voluntad y el trabajo en lo pequeño, nace la edificación de lo grande.
 TOMADO DE JUVENTUD REBELDE