martes, 25 de septiembre de 2018

La luz larga


Autor:Graziella Pogoloty

En las últimas semanas hemos evocado la visita de Fidel a Vietnam y los vínculos solidarios que, desde muy temprano, se establecieron entre nuestros dos pueblos. De manera inevitable, el tema ha removido en mí muchos recuerdos personales. Traspasando fronteras políticas e ideológicas, Vietnam sorprendió al mundo en ocasión de su espectacular victoria de Dien Bien Phu. Lo más granado de la élite militar francesa había erigido en ese lugar una fortaleza inexpugnable, atrincherada tras un cordón de montañas.
Con paciencia y sistematicidad infinitas, con sus típicos sombreros campesinos, habían escalado en bicicleta las alturas, llevando pieza a pieza las partes de una artillería que habría de armarse en los montes. De repente, rodeada por el enemigo silencioso, la fortaleza se convirtió en trampa mortal. Francia tuvo que sentarse a la mesa de negociaciones. La intervención norteamericana se produjo acompañada de una campaña de prensa que acusaba de incapacidad al antiguo imperio francés. Más contundente y espectacular sería la caída de Saigón, junto con una de las bases militares que disponían del armamento más sofisticado de la época.
La estrategia diseñada por la dirigencia vietnamita se fundamentó en  los aportes culturales de una antigua y bien cimentada sabiduría, en el conocimiento de la realidad concreta del pueblo en los duros años de combate, en el cuidado extremo a la atención  de cada detalle, en la confianza absoluta en el triunfo final y en la necesidad de ir creando las condiciones para la reconstrucción de un país destrozado. Se actuaba en el presente y se preparaba el porvenir.
Ho Chi Minh era portador de esa sabiduría ancestral. El exilio lo llevó a conocer el mundo desde su condición de trabajador y participante en las luchas sociales. Pudo movilizar las mejores virtudes de su pueblo para afrontar la guerra con convicción de la victoria segura. Por eso, en medio del más duro asedio, concedió prioridad a la formación de especialistas indispensables para el desarrollo del país. El entonces campo socialista ofreció becas para carreras universitarias en todas las ramas del saber. Cuba también recibió a centenares de jóvenes vietnamitas.
La experiencia me tocó de cerca. Muchos vinieron a aprender español. Tenían la ventaja de venir de un medio donde la convivencia cotidiana complementaba la enseñanza  en el aula. La tarea adquirió mayor complejidad cuando se incorporaron aquellos que venían a estudiar inglés. Los estudiantes no hablaban español y sus profesores no conocían el vietnamita. Melba Hernández nos procuró manuales orientados al empleo de una metodología por vía directa. Instalados en un ambiente hispanoparlante, hubo que acrecentar el número  de horas de docencia.
El aula tenía que sustituir lo que el entorno no favorecía. Con cierta frecuencia los representantes diplomáticos de Vietnam nos expresaban su satisfacción por el trabajo, a la vez que solicitaban que se concediera a los jóvenes un tiempito para la siesta. Alegando razones técnicas, nos resistíamos a hacerlo.
Un buen día, conversando con Marta Rojas, supe que Ho Chi Minh, consciente de los niveles de desnutrición de su pueblo, había dispuesto ese horario de descanso. Hanoi sufría el asedio de la aviación enemiga. En las horas del mediodía, los vuelos recesaban. Los artilleros encargados de la defensa de la ciudad tenían dispuesta una litera tras la batería. Bajo el efecto impactante de esa información cedimos. La fuerza de la realidad se imponía sobre las razones técnicas. Compartimos con ellos las horas de recogimiento y dolor con  motivo de la muerte del tío Ho.
Años más tarde, transcurrían los 80 del pasado siglo, coincidí con un profesor vietnamita en una reunión de expertos en educación superior convocada por la Unesco. Pausado, sereno, cordial, presentó un panorama de la situación de su país. La etapa de reconstrucción exigía una preparación numéricamente considerable de especialistas. Sabían que la cantidad no se traduciría mecánicamente en la calidad necesaria para los esfuerzos que el desarrollo necesitaba.
Para lograr esos fines, habían previsto el eslabonamiento a seguir en los próximos años. Aproveché para preguntarle acerca de los resultados de nuestra colaboración. Afirmó que sobrepasaron las expectativas. Algunos se desempeñaban en importantes funciones y, más allá de lo programado, el dominio del castellano había viabilizado la ayuda que, ya entonces, su país brindaba a las antiguas colonias portuguesas en África.
La clave de la sabiduría está en la adecuada articulación entre el microscopio y el catalejo, entre el ahora y el mañana. El microscopio conduce a percibir en toda su profundidad el conocimiento, hasta el último detalle, realidad de un adentro movedizo según las circunstancias, portador a la vez de costumbres, tradiciones, culturas y expectativas de vida venidas de un pasado remoto y de un pasado inmediato. El catalejo permite establecer las pautas hacia un futuro que está naciendo en el día de hoy. Se trata, en suma, de conciliar las demandas del ahora mismo con los cimientos del porvenir.
Esta dialéctica que enlaza las distintas dimensiones del tiempo y ajusta el equilibrio entre lo apremiante y lo indispensable, implica tomar el pulso de la realidad y asumir, a cara descubierta, los obstáculos subjetivos y objetivos que se interponen en el camino. Bajo las bombas, con buena parte de su territorio ocupado por el enemigo, los vietnamitas comprendieron, que para asegurar el mañana, la educación era una inversión imprescindible. Cuando se produjo la estampida de los norteamericanos, estaban listos para emprender la reconstrucción de un país devastado.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario