Gracias al talento de Alicia Alonso, Cuba, y con Cuba, América Latina
toda, se ubicó por primera vez en el mapa danzario internacional
Ahmed Piñero Fernández
20 de Diciembre del 2016
Hace hoy 96 años nació Alicia. Así, sencillamente Alicia.
Porque, al menos en Cuba, su apellido es innecesario. Es muy difícil,
por no decir imposible, encontrar a un cubano que no sepa quién es
Alicia Alonso. No importa su ubicación geográfica, tampoco su nivel
intelectual. Cuántas veces hemos ido en un transporte público
abarrotado, y en medio del calor y la incomodidad hemos escuchado esa
frase jocosa y lapidaria: «Me tienes en puntas de pie, como Alicia
Alonso».
Y si tiene alguna duda, lo exhorto, lector, a que repita el mismo
experimento que hice en una oportunidad: acérquese a un niñito, a un ama
de casa, un obrero, un constructor, un deportista, un escritor, un
campesino… Pregúntele: «¿Sabe usted quién es Alicia?». Fíjese, entonces,
en el rostro de su interlocutor y notará, seguramente, una mirada
brillosa por el asombro y el orgullo: «¡Alicia!... ¡Alicia Alonso, una
gran bailarina!», o como respondió aquel negro camionero sudoroso, con
una sonrisa amplia y una voz emocionada por eso que llamamos «sentido de
pertenencia»: «Coño, mi hermano, ¡Alicia!... Alicia es un pedazo de
Cuba».
De Alicia Alonso se ha escrito mucho. Aún está pendiente una
valoración múltiple de la artista. Sería hermoso y oportuno que alguna
editorial cubana se decidiera a publicar, como lo merece, la
recopilación de opiniones emitidas sobre su entidad humana, su arte y
magisterio. Un riguroso trabajo de selección, ordenamiento y
clasificación de los textos publicados en la Isla y el extranjero
(incluso, algunos inéditos), de muy distinta naturaleza, en cuanto a su
intención y características. Una suerte de bibliografía pasiva de la
artista que constituiría, sin dudas, un inapreciable material de
consulta para bailarines, artistas de las artes escénicas,
investigadores, periodistas y público en general.
Y me refiero no solo a las opiniones de la crítica especializada y de
otros profesionales de la danza, sino también a lo que han dejado
plasmado escritores y otros intelectuales (aquellos juicios
excepcionales de autores cubanos como José Lezama Lima, Dulce María
Loynaz, Antón Arrufat, Fina García Marruz, Jorge Mañach o Miguel Barnet,
entre otros; o de extranjeros de la talla de Aquiles Nazoa, Antonio
Gala, José María Caballero Bonald, Francisco Nieva…) y hasta lo que
llamo la «Visión poética de Alicia Alonso», que agruparía los textos de
Alejo Carpentier, Cintio Vitier, Eliseo Diego, Carilda Oliver Labra,
Nancy Morejón, Thiago de Mello… inspirados en el arte de la prima
ballerina assoluta.
Gracias al talento de Alicia Alonso, Cuba, y con Cuba, América Latina
toda, se ubicó por primera vez en el mapa danzario internacional.
No fue hasta sus triunfos en Estados Unidos, a principios de los años
40, que mundialmente se empezó a hablar del ballet cubano. La Alonso se
hizo representativa de nuestro país, y con su arte lo situó, por
primera vez, en la historia de siglos del ballet. Asimismo, aprovechó la
proverbial facilidad de nuestra gente para el movimiento y la integró
en su danza. Su peculiar y novedosa forma de bailar hizo que críticos y
espectadores notaran marcadas diferencias en el sentido del ritmo, en el
estilo, en el fraseo, en el acento…, al ejecutar los mismos pasos que
otros bailarines. Sin proponérselo, inició el camino estético de la hoy
mundialmente reconocida escuela cubana de ballet.
Profundamente cubana, no cedió jamás ante empresarios y directores —a
riesgo, incluso, de su propia carrera—, quienes insistían en modificar
su apellido auténticamente latino por otro de sonoridades eslavas.
La Alonso hizo del ballet en Cuba un arte popular y al alcance de
todos. A partir de la fundación del hoy Ballet Nacional de Cuba en 1948,
y hasta 1956, cuando la compañía se vio en la necesidad de interrumpir
su trabajo, se presentó gratuitamente o a precios módicos en funciones
populares en teatros, plazas públicas, estadios y anfiteatros. A una de
esas funciones corresponde la siguiente anécdota, que habla por sí misma
de la hermosa relación que la artista estableció con el público:
«Mantener la compañía no era cosa fácil —recuerda el tenor cubano
Bernardo Rosas. El Gobierno ofrecía una ridícula subvención que no
alcanzaba para nada y se necesitaba dinero para todo: alquilar el teatro
donde se ofrecían las funciones, el vestuario, los decorados, para
pagarle a los músicos de la orquesta y a los miembros de la compañía...
Un día, era muy a principios de los años 50, se ofrecía en matiné
Coppelia,
con Alicia como Swanilda, y Enrique Martínez como Franz, en el Teatro
Nacional (hoy Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso). La función estaba
programada para las 10:00 a.m., y a las 10:30 a.m. no había comenzado
aún. El público, que colmaba hasta el último asiento, comenzó a
impacientarse. De pronto salió a proscenio Fernando Alonso, entonces
director del conjunto danzario, y explicó que los músicos de la orquesta
se negaban a tocar si no se les pagaba, por lo que había que suspender
la función. De repente, desde lo más alto del teatro se oyó una voz que
gritó: “¡Que sea sin música, pero que Alicia baile!”».
Ante esa espontánea muestra de admiración y cariño populares, la
representación se ofreció, en su totalidad, acompañada por un piano.
Cuando Alicia-Swanilda asomó su cabeza por la puertecita para hacer su
entrada, el teatro se vino abajo con unos aplausos que no tenían para
cuando acabar. Todo el vals lo bailó llorando de la emoción, y no al
compás de la música de Delibes, sino de aquellos aplausos que le
tributaba un pueblo agradecido. Esa fue, según Bernardo Rosas, su
Swanilda más exuberante.
Después del triunfo revolucionario, la Alonso llevó el ballet a
escuelas, talleres, fábricas, unidades militares y a las más intrincadas
zonas rurales, posibilitando a todos el disfrute del arte coreográfico.
Por eso no es solo nuestra «artista nacional», como la definiera Alejo
Carpentier, es también un fenómeno sociológico.
En una oportunidad, Alicia fue a almorzar a un restaurante habanero.
Al llegar, la calle estaba semidesierta. Nadie sabe cómo ni en qué
momento comenzó a divulgarse la noticia de que ella estaba allí. Al
salir, la calle estaba llena de gente, de gente de pueblo, que había ido
a saludar y a aplaudir a su querida artista. De pronto, un niño, que
por su aspecto procedía de una familia muy humilde, se le acercó y casi
desafiante le dijo: «Yo sé quién tú eres. Tú eres Cecilia Valdés», lo
que provocó la risa, ¡que no burla!, de todos los que estábamos, y es
que había reconocido en la mujer que tenía delante de él, a un símbolo
de nuestras esencias nacionales.
A principios de los años 80 llegó hasta la casa de Alicia Alonso un
joven soldado, procedente de la zona más oriental de la Isla. Según él,
había venido a La Habana solo para encontrarse con la artista y dar
cumplimiento a un compromiso de guerra. Semanas antes aquel joven era un
combatiente internacionalista, en Angola. Durante los días en África, a
él y a sus compañeros les habían proyectado un filme en el que la
vieron bailar. Ver el arte de la gran bailarina cubana desde la
distancia provocó en todos una gran emoción. Días después, en medio de
una batalla, derribaron un avión enemigo. Y entonces llegaron a un
acuerdo: el primero de ellos que regresara a Cuba llevaría como «trofeo»
un fragmento de ese avión para obsequiárselo a Alicia Alonso. Y es que
aquellos jóvenes no vieron en el filme a una bailarina ni a una artista:
tenían, como me dijo aquel camionero, un pedazo de Cuba».
El debut de Alicia Alonso en la danza ocurrió el 29 de diciembre de 1931 en el gran vals de
La bella durmiente,
y para mí ha constituido siempre un hermoso misterio: a principios de
ese mismo año, en La Haya, dejaba de existir la notable bailarina rusa
Anna Pávlova, cuyo nombre fue sinónimo de ballet para cientos de miles
de personas en el mundo entero. A la edad de ocho años la pequeña
Pávlova asistió, por primera vez, al ballet, y esa representación cambió
por completo su vida. En el Teatro Marinsky se bailaba en aquella
ocasión
La bella durmiente.
Alicia Alonso, la bailarina, nació al arte el mismo año que Pávlova
dejaba de existir. Es casi providencial tal confluencia de
acontecimientos, como providencial parece la historia de nuestra gran
bailarina, en la que una devoción absoluta, casi religiosa, al arte
danzario ha sido una constante.
Sus primeras actuaciones profesionales tuvieron lugar en Estados
Unidos en 1938, en comedias musicales. En 1940, el año de su fundación,
se incorporó al Ballet Theatre, compañía en la que inmediatamente tuvo a
su cargo destacados papeles. En 1943, al debutar en el personaje
titular de
Giselle comenzó una de las carreras más impresionantes y prolongadas de la danza escénica de todos los tiempos.
Hasta el momento, no ha habido, no ya quien la supere, ni siquiera,
quien la iguale. Ella es, en la historia danzaria de nuestra época, un
fenómeno único e irrepetible.
Tomado de Juventud Rebelde.