lunes, 27 de junio de 2016

Diseño y buen vivir




 
Graziella Pogolotti
25 de Junio del 2016 19:48:19 CDT


Regreso con retraso a la reciente Bienal de Diseño. Sabido es que la cartelística de los 60 del pasado siglo alcanzó renombre internacional. Más importante para mí es que muchos afiches se convirtieron en íconos para los jóvenes de entonces. Los acompañaban en la intimidad de sus habitaciones y en los espacios compartidos de la beca. Menor repercusión interna alcanzaron el mobiliario exportado a algunos mercados de élite y la producción de cerámica, cuya atractiva singularidad muchos descubrieron en La Faralla del Parque Lenin, bajo los auspicios de Celia Sánchez. La creación de la ONDi y del Instituto de Diseño Industrial debían sentar las pautas para la comunicación gráfica y la fabricación de productos.
En el contexto de la Bienal de Diseño se ha iniciado un imprescindible rescate de la memoria, útil para entender los procesos vividos y proyectarnos en la práctica según nuestras dimensiones, necesidades y posibilidades concretas. Habíamos olvidado a Clarita Porset, matancera y pionera del diseño latinoamericano. Su suerte fue similar a la de otros cubanos progresistas de mitad del siglo XX. Emigró a México para escapar de la represión que siguió a la Huelga de 1935. Otra cubana, Calixta Guiteras, hermana de Tony, tuvo el mismo destino después del asesinato del fundador de la Joven Cuba. Allí se convirtió en prominente antropóloga. Clarita, por su parte, dedicada a su profesión, encontró en el vecino país el clima adecuado para desarrollar una importante obra personal y hacerse cargo de un magisterio al que nunca renunció. Casada con el muy reconocido artista plástico Xavier Guerrero, se radicó definitivamente en México.
Llamada a colaborar con la Revolución, Fidel le encargó el mobiliario de la escuela Camilo Cienfuegos, en la Sierra Maestra. El Che, por su parte, solicitó su colaboración para fundar un departamento de diseño adscrito al Ministerio de Industrias. Conocedora de las corrientes más avanzadas de la modernidad, Clarita se adscribió a lo que llamaríamos hoy una filosofía del buen vivir.
En efecto, tomó esencias fundamentales de la tradición, aquellas que consideran las características del clima y terminan convirtiéndose en rasgos identitarios. En Cuba, aprendimos a tener en cuenta el movimiento de la brisa y la protección de la sombra frente a los embates del sol. En los 50 del pasado siglo, la incorporación del aire acondicionado y la imitación acrítica llevaron a desplazar la sabrosura de los aires libres por el atrincheramiento en bares herméticos. Los tomadores consuetudinarios, a veces solitarios, se acodaban a las barras. Se privaban del disfrute de la conversación y de la contemplación del movimiento de la ciudad.
Alérgica al ornamento gratuito, Clarita optó por la funcionalidad de un mobiliario y la selección de materiales adecuados al ámbito circundante, todo lo cual favorecía el buen uso de los pequeños espacios.
Esta reflexión es de extrema actualidad en el proceso de actualización del modelo económico. Se proyecta hacia la exportación y hacia la producción de bienes para el mercado interno con alto valor agregado. Ofrece una vía efectiva para identificarnos en el exterior, con los embalajes, el etiquetado y la presentación y para acentuar la singularidad de nuestras propuestas. Somos un pequeño país que no dispone de redes de maquiladoras dispersas por el mundo. Lo nuestro tiene que competir en virtud de su calidad. Para satisfacer progresivamente las necesidades de nuestro pueblo, el respeto por la calidad es un principio de alcances políticos y económicos. Nuestras shoppings han introducido paradigmas en valores y modos de vida. Lo bueno viene de «afuera». El buen diseño, atemperado a las necesidades del cubano, contribuye a reconocer en la práctica concreta, que lo mejor puede hacerse aquí sin caer por ello en estrechos proteccionismos.
De la cultura cubana bien asimilada procede un importante legado. A través de la historia, en el pensamiento, en el arte y en las costumbres, supimos aprender de aquí y de allá para ajustarlo a las demandas de nuestra realidad. Viajeros del siglo XIX observaron detalles reveladores de esa singularidad. Las mujeres prescindían del tocado, tenían un modo propio de andar y los altos ventanales de las casas permanecían abiertos a la calle. El sello de la Isla aparecía, según los medios disponibles, en todas las clases de la sociedad, aun entre los privilegiados que frecuentaban las capitales del mundo. La sabrosura no se relaciona necesariamente con la sensualidad. Es un modo de disfrutar la vida y de regalarnos, a pesar del ajetreo cotidiano, el deleite íntimo de encontrarnos con nosotros, con lo que somos.
El urbanismo, la arquitectura y el diseño forman parte del aire que nos rodea. Edificados  por el hombre, contribuyen a modelar cultura e identidad. Influyen en la calidad de vida. La desidia y el abandono estimulan a los depredadores. Trabajé algunos años en las escuelas de arte de Cubanacán. Allí, en el breve espacio de un ladrillo, los pájaros hacían su nido con extrema delicadeza. Era el hogar para los recién nacidos, obra de perfecta artesanía, el sitio seguro donde tan bien habrían de estar. Obnubilado por ambiciones y vanidades, el bípedo pensante renuncia a veces al disfrute de lo hermoso en el detalle sencillo de lo cotidiano. Hecho a la medida de nuestras necesidades, el diseño merece, desde ahora mismo, una atención prioritaria.

Tomado de Juventud Rebelde




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