lunes, 8 de febrero de 2016

La guerra entre los mundos




Graziella Pogolotti
6 de Febrero del 2016  
Considero que Electra, mi mascota, es la perra más inteligente del mundo. Sensible, solidaria y amistosa, se comunica de manera eficaz con su cola y el timbre de sus ladridos. Emplea su patica para llamar la atención. Pero es incapaz de descifrar la razón de los fenómenos naturales. No puede transformar el conocimiento en conciencia de sí y de su condición mortal. Vive inmersa en el día a día. No puede prefigurar el mañana.
Desde tiempos remotos, los bípedos parlantes, convertidos en agricultores, aprendimos el uso y abuso de los bienes de la naturaleza. Al contemplar las estrellas en el firmamento, empezamos a interrogarnos acerca de las leyes del universo y a plantearnos la aspiración de trascender nuestra efímera existencia fundando familias, asumiendo el liderazgo de nuestros pueblos, erigiendo obras de arte imperecederas.
De tal modo, se fue constituyendo un pensamiento religioso que ofrecía respuestas sobre el origen del universo, promesas de vida futura y, en el plano de la sociedad, establecía fundamentos de conducta ética. Luego, la filosofía adoptó una perspectiva laica en el replanteo de las interrogantes fundamentales, adherida siempre a un contexto histórico. Fundida con la filosofía en sus orígenes, la ciencia conquistó cierto grado de autonomía, aunque sus prioridades respondan a las demandas de una época y requieran estricta obediencia a principios éticos para no colocar su saber al servicio de crímenes monstruosos.
La filosofía estructura una concepción del mundo, una ideología y una definición de políticas. Los libertadores de América Latina se inspiraron en el pensamiento de la ilustración francesa, aunque el lema de la Revolución de 1789 (Libertad, igualdad, fraternidad) permanezca como un sueño por realizar plenamente. Estaba triunfando la burguesía. Desde esa etapa temprana, comenzaron a perfilarse dos tendencias antagónicas. La Conspiración de los Iguales, encabezada por Babeuf y Buonarroti, reivindicaba los derechos de los explotados. Respaldado por la primera Revolución Industrial, el capitalismo mostraba su euforia. El liberalismo económico constituía su arsenal teórico e ideológico.
Mientras tanto, la explotación del trabajo humano tronchaba las vidas de hombres, mujeres y niños. Se produjeron huelgas obreras, apareció un incipiente sindicalismo y se formularon nociones primigenias orientadas hacia proyectos socialistas. Carlos Marx empezó por desarrollar su concepción crítica de la filosofía alemana clásica; detectó los puntos débiles de las ideas socialistas de la época; se sumergió en la realidad social; emprendió la investigación monumental que lo condujo a la redacción de El capital, valido de documentos de archivo, de tratados de economía y de otras fuentes. Afirmó haber aprendido más de la lectura de Balzac que de algunos especialistas en la naciente ciencia económica. Articuló un encadenamiento coherente entre filosofía, ciencia, ideología y acción política organizada. Su yerno, Pablo Lafargue, incorporó un matiz de particular vigencia en la contemporaneidad. El proyecto socialista no se limitaba a procurar el bienestar a través de la justicia distributiva. El mulato santiaguero concebía el proyecto en lo material y en el logro de la plena emancipación humana para sacudir todas las formas de explotación y satisfacer las necesidades espirituales.
No temo presuntas invasiones de extraterrestres. Más me preocupa el alegre suicidio del bípedo parlante aprensado en la guerra entre los dos mundos. Para subsistir, tuvo que dominar la naturaleza. El apetito insaciable lo convirtió en depredador, a un ritmo progresivamente acelerado, sobre todo después de la primera Revolución Industrial que inficionó la atmósfera de polvo de carbón. Las consecuencias son harto conocidas. Se manifiestan en las repercusiones del cambio climático.
Todavía imperceptibles, la euforia desencadenada por los veloces y descomunales éxitos tecnológicos puede determinar cambios irreversibles aún más graves. No se trata de comportarnos como dinosaurios, volver la espalda al progreso e ignorar los beneficios del rápido acceso a las comunicaciones. Pero toda moneda tiene dos caras. Sabido es que los órganos que no se usan se atrofian. Ya se advierten algunas señales inquietantes. Conozco jóvenes enajenados por la adicción a los entretenimientos que ofrece el mundo digital. Se extiende la incapacidad de la comunicación verbal y escrita, sustituida por los brevísimos mensajes enviados vía celular al amigo que comparte el mismo banco. Por esa vía se inhiben los procesos favorecedores del ejercicio del pensamiento, vale decir, todo lo que hemos construido los bípedos parlantes que somos.
Con el empleo de todas las armas, la guerra entre los mundos es una batalla cultural entre dos visiones del universo y del ser humano. Por una parte, prevalece el apetito insaciable por la ganancia y la instrumentalización de la persona al servicio del poder financiero hegemónico. Por la otra, están los condenados de la tierra centrados en una perspectiva humanista y emancipadora de la persona. En este momento crucial de la historia, la salvación del bípedo parlante depende del triunfo de quienes, asentados en principios humanistas, configuren una estrategia cultural coherente y unitaria para salvaguardar la naturaleza y el pensamiento crítico, partícipe y creador de los hombres y las mujeres.
Tomado de Juventud Rebelde

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