martes, 1 de marzo de 2016

Cambalache y el choteo



25 de febrero de 2016
Ni siquiera sé su nombre. Todos lo llamamos Cambalache. Tampoco conozco los de otros a quienes solemos referirnos como Coco, Flaco, El Ñato, Pepino, Negro… Sí, porque hay epítetos vegetales, frutales… y hasta con grados especiales del superlativo, como Ballolla (muy gordo), con frecuencia por algo que resalta en lo físico o por un suceso “risible”.
Camba, lisiado desde su nacimiento, camina con dificultad. Cada cierto tiempo o apenas unos pasos, se detiene para descansar. Balbucea algo o lo dice en voz alta, y sigue. A veces, se sube la pata izquierda del pantalón, y acaricia la hinchazón y el sobrehueso en el tobillo, como para aliviar el dolor.
Los carros pasan indiferentes por su lado, y levantan un poco de polvo. Él no se pone nervioso, ni parece molestarse demasiado por eso, sino por las palabras de quienes, como en un juego, le vocean varias “gracias”. Entonces ofende y hasta amenaza con tirar piedras.
Los “chistosos” se ríen. Esa ha sido la tónica desde antes de mi infancia en el barrio donde viven mis abuelos. Aquello no me llamaba la atención tanto porque Camba no es un “ángel”, y esas “bromas”, a simple vista, tampoco son como para alarmarse, cosa de muchachos y de otros que, en verdad, lo aprecian.
Hace varios días lo vi otra vez detenerse, secarse el sudor… y responder con mal genio. ¿Cuánto agradecería él que esos “jueguitos” desaparecieran?
Hay muchos Cambalache por ahí, no todos tienen limitaciones físicas. Por suerte, él y más, reciben asistencia social cuando es necesario y otras maneras de ayuda estatal.
Algunos acogen el sobrenombre con beneplácito, como el amigo Alipio —ahora no recuerdo cómo le pusieron sus padres—, quien casi siempre pide que busquen el significado del término en no sé qué idioma o libro de religión, yergue el pecho y camina con aires de superioridad. Unos, por su carácter, llegan a convertirse en personajes pintorescos, confieren más matices a la cotidianidad.
Está claro que todos no reaccionan de igual forma ante los “chistecitos”. Varios se ponen rojos y hasta pierden el control. En ocasiones, su autoestima disminuye, sobre todo cuando se hiperbolizan defectos. ¿Acaso debemos molestarlos? ¿Motivar sus “palabrotas” y reír como si observáramos una obra de teatro humorística?
¿No sería mejor brindarles la mano y saludarlos con amabilidad siempre?
No piense que soy demasiado aburrido. Tampoco deseo la eliminación de las bromas, tan arraigadas a la mismísima cultura de los cubanos y forma de divertimento en becas, barrios y hasta en centros de trabajo y casas. Hablo de la mesura para hacerlas, de que no deben convertirse en choteo permanente, en irrespeto, menos en forma intencionada y sistemática de perturbar a otros hasta los extremos.
En la historia no está claro su inicio, quizá porque desde el surgimiento de los seres humanos pudo haber “bromistas”.
Los más arriesgados conectan el surgimiento del vocablo (choteo) con el término choto, nombre dado en España al cabritillo. Para el filósofo francés Henri Bergson, constituye un “gesto social” de lucha contra la rutina, pero solo es favorable con ligereza.
Jorge Mañach, intelectual cubano, escribió en su ensayo Indagación del choteo, que quienes vivimos en este archipiélago somos impresionables y jocundos por naturaleza, con una gracia nativa que nos hace ágiles de mente y chistosos; sin embargo, “eso jamás será suficiente razón para varias de sus manifestaciones”.
Lo define como un fenómeno psicológico y social, más arraigado en ciertos choteadores “profesionales” que se mofan de cualquier situación y, a veces, no perciben el daño que hacen a otras personas.
El jovial ingenio es sal para la vida y a casi todos nos agrada. Por eso no renuncie a los chistes, ni a la risa que nace de la espontaneidad y de anécdotas reales o ficticias, pero evite el “chucho fuerte”, las ofensas que pudieran provocar hasta trastornos, en situaciones límites. “Camba” y otros lo agradecerían.
Tomado de Granma


No hay comentarios.:

Publicar un comentario